COP26 de Glasgow, apuntes de una cumbre polarizada

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Cumbre de Glasgow

El Pacto Climático obtenido en la COP26 de Glasgow ha satisfecho a muy pocos actores, quizá por las altas expectativas que recaían sobre el texto después de que, por los efectos de la pandemia, se tuviera que posponer hasta 2021 la cumbre prevista para 2020. La COP26 de Glasgow iba a llegar 5 años después del Acuerdo de París de 2015 y se pensaba en ella como la primera gran prueba de ese “hito” de la diplomacia multilateral que fue en su momento el acuerdo alcanzado en la capital francesa.

Finalmente, seis años después del Acuerdo de París una buena fotografía de la situación es que se considere un éxito (así lo hace Reino Unido, país organizador de la COP26) que sobreviva el objetivo de que el aumento de las temperaturas en 2100 se limite por debajo de 2°C sobre los niveles preindustriales y que los países deban seguir esforzándose para retringir el calentamiento a 1,5°C.

Según las estimaciones de Naciones Unidas, antes de la COP26 el mundo estaba en camino de alcanzar los 2,7°C de calentamiento, basándose en los compromisos de los países (NCDs, por sus siglas en ingles), y en la expectativa de los cambios en la tecnología. Los anuncios realizados en la COP26, incluidos los nuevos compromisos de reducción de emisiones en esta década por parte de algunos países clave, han reducido la estimación de calentamiento a 2,4°C.

Como consecuencia de esa sensación de que hay que hacer más, y hay que hacerlo pronto, el Pacto de Glasgow pide -a los Estados que aún no lo hayan hecho- que envíen sus compromisos de adaptación (sus NCDs) antes de la próxima Conferencia de las Partes (COP27) que se celebrará en noviembre de 2022 en Egipto. Este hecho, junto con el de que por primera en un texto de una cumbre climática haya una conversión del objetivo de 1,5ºC en reducción de emisiones (45% de reducción de emisiones hasta 2030), se consideran dos de los aspectos más positivos de la COP26.

Tiene más matices lo logrado respecto al señalamiento de los combustibles fósiles. Los científicos coinciden desde hace años en que los combustibles fósiles son los principales causante de los gases de efecto invernadero (GEI), sin embargo un documento final de Naciones Unidas nunca hasta ahora había incluido un mandato sobre la necesidad de su reducción y final eliminación. En la COP26 se ha hablado por primera vez de manera expresa de avanzar hacia el fin del carbón y de los subsidios a combustibles fósiles como vías para obtener el objetivo de que la temperatura no aumente más de 1,5ºC. Aunque circuló un borrador de texto más incisivo, la intervervención final de ciertos países liderados, al parecer, por India, China y Arabia Saudí logró suavizar el lenguaje indicando que la COP26 defiende “la reducción gradual” de la generación con carbón que no esté sujeta a las tecnologías de captura de emisiones y de “los subsidios ineficientes para los combustibles fósiles”.

Uno de los actores que han salido más satisfechos de la COP26 es el sector privado (asegurador y financiero, principalmente) que han sido identificados como claves para el futuro climático. En el mismo sentido, hay quien también destaca -como el Gobierno de España- que ha habido un cambio a mejor porque la cumbre aterriza en compromisos reales de empresas, gobiernos locales y regionales.

COP26 de Glasgow, sector crítico

Quienes consideran la COP26 como un progreso insuficiente o directamente un fracaso se alinean en torno al mensajes de que estamos lejos de lo que sería conveniente y que hay trasladar urgentemente a políticas y hechos lo que la diplomacia considera como avances en el buen camino.

En el más radical de los planteamientos críticos encontramos, como suele ser habitual, a la joven activista Greta Thunberg. Su resmen de la COP26 en un tuit se hizo rápidamente viral:

En el lado de los que sostienen que aunque hay avances son muy insuficientes ante la magnitud de la emergencia climática, se coincide en afirmar que no se han dado los pasos suficientes para asegurar la solidaridad con los países vulnerables y las generaciones futuras. En este sentido, los pequeños estados insulares y los países vulnerables al clima se han mostrado insatisfechos por no haber conseguido un nuevo fondo de pérdidas y daños para abordar los costes de los impactos de los ciclones y la subida del nivel del mar. Estos países afirman que las emisiones históricas de los principales contaminadores han provocado estos impactos y que, por tanto, la financiación es necesaria. Los países desarrollados, liderados por EE UU y la UE, se han resistido a asumir cualquier responsabilidad por estas pérdidas y daños.

Más allá de la COP26 pero en el mismo ámbito de la preocupaciones ambientales diversas ONG han advertido que les preocupa la taxonomía que están comenzando a apreciar en la UE. Según estas organizaciones, se está tendiendo a etiquetar como inversiones verdes las dirigidas al gas natural y las nucleares, lo cual sería un gran retroceso a juicio de las ONG que han lanzado esta alerta.